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Notas de prensa
La Navidad tiene una forma peculiar de habitar en el corazón. Se esparce como una luz tenue que acaricia las heridas, como un eco que resuena en los rincones donde guardamos los recuerdos más queridos. Es una época hecha de contrastes, donde el brillo de las luces en las calles parece confrontar con las sombras que, a veces, llevamos dentro.
El Evangelio de este día tan señalado (Lucas 21, 5-11), habla de la destrucción del templo, ese símbolo tan imponente y sagrado para el pueblo de Israel, “días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” y de la necesidad de estar vigilantes, preparados para el momento en que todo lo que tenemos sea dejado atrás, porque “no sabéis el día ni la hora”, dice Jesús.
Mi padre fue el testimonio de que la vida no está hecha solo de lo que vemos, sino también de lo que soñamos. Y es en esos sueños donde encontramos las conexiones más profundas con quienes amamos, incluso cuando ya no están, físicamente, con nosotros.
La vida, en su forma más elemental, se alza como un regalo sublime, una joya cuyo brillo solo apreciamos verdaderamente cuando su luz amenaza con extinguirse.
En su infinita sabiduría, se convierte en nuestra mentora más abnegada y, en ocasiones, más implacable. Nos guía por caminos sinuosos, sembrando desafíos que ponen a prueba el crisol de nuestras percepciones y nos transforman con cada paso que damos.
Hay una bella carta, atribuida a San Agustín de Hipona, que dice al referirse a la muerte:
“No lloréis si me amabais. ¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudieras oir el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos! ¡Si pudierais ver desarrollarse ante vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudierais contemplar, como yo, la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!
En pocos días habremos dejado atrás 2022, un año entero en el que la vida seguramente ha traído un poco de todo. Nuevos encuentros, algunas despedidas, instantes de tristeza compensados con momentos de alegrías, control y fluidez… la vida en constante equilibrio. Toca agradecer todo ese recorrido y a cada una de las personas que lo habéis acompañado: colaboradores, amigos, familia…
“La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. Yo soy yo, vosotros sois vosotros. Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo. Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho… No estoy lejos, sólo al otro lado del camino… Volveréis a verme… transfigurado y feliz”.
Con esta reflexión en forma de oración cargada de fe y esperanza, recordamos a Pedro Martínez Cutillas, quien el pasado día 8 de abril de 2022, habría cumplido 91 años, una efeméride que ha venido a prolongar el afecto y la admiración que sentimos hacía él cuantos le conocimos.
A Pedro Martínez Cutillas le nació el amor por Panamá, mucho antes de desembarcar en sus costas. Llegó de Barcelona, España, un día de Semana Santa, en 1977, convencido de que había aspectos de la historia colonial del Istmo que estaban por escribirse, que había una rica historia por divulgar, y que aquello era, al tiempo que un reto, una deuda que asumió.
Hay presencias que lo acaparan todo, pero también hay ausencias que lo envuelven todo.
Hay vidas que constituyen un marco de referencia para futuras generaciones, que nacen para ser contadas y se evaporan dejando tras de sí una maraña de recuerdos y de vivencias imposibles de arrinconar, imperecederas en el tiempo y dignas de ser admiradas. La suya es una de ellas. Una vida llena de anécdotas, sucesos, acontecimientos e hitos increíbles. Una vida para recordar y perpetuar en el tiempo.